El mundo no es justo y la vida de las niñas tampoco.

Por Laura Garza

Nada más estremecedor que ver imágenes con la crónica de un acto tan espeluznante como doloroso que el caso de Camila en Taxco.

El artículo que hoy publica el diario El País me llevó ver a detalle la fotografía de la casa de la vecina secuestradora.

La historia la supimos después de que se publicaron las grabaciones del pasillo de las viviendas donde vivía Camila y su madre, junto a la vecina quien recién la había invitado a jugar con su hija en una alberca inflable.

Después, la atroz escena en donde vimos cómo salió un hombre cargando una bolsa negra y la misma vecina con un cesto de ropa, para después los dos montarse a un taxi blanco hasta desaparecer.

Más tarde esa bolsa negra fue encontrada en las orillas de la carretera. Los videos corrieron rápido y los vecinos supieron quiénes eran y corrieron a las afueras de la casa de Ana Rosa, la presunta secuestradora para enfrentar a la policía estatal que ya resguardaba la casa para evitar ella y sus hijos se escaparan.

El resto lo atestiguamos, un linchamiento transmitido desde todos los ángulos posibles, desde quien miraba, quien formaba parte de los golpes, como de quien lo hacía “de una forma periodística”.

En la foto que toma la fotoperiodista Mónica González para el diario, muestra la fachada de una casa blanca, con restos de basura a sus afueras. Vasos, utensilios de cocina de un lado, tablas de madera en el piso, un plato azul de plástico, una cuerda, vasos, tuppers y más basura.

¿Por allí habrá pasado Camila? ¿Por allí habrán quedado sus huellas al entrar de manera inocente a una casa en donde la habían invitado a jugar en una alberca inflable?

De alguno de esos vasos habrá tomado agua Camila, o la cuerda que vemos en el piso también habrá sido para lastimarla.

El moño negro que no sirve de nada, la cinta negra que prohíbe el paso, tampoco sirve de nada.

Los gritos de quienes golpeaban el cuerpo de Ana Rosa y a sus hijos, y las voces que entonaban la consigna de “las niñas no se tocan” traspasaron la puerta y las ventanas de esa casa que ha quedado como una ruina, como un montón de muros de dolor y de injusticia.

El mundo no es justo y la vida de las niñas tampoco.

Cada casa guarda un sinfín de historias, de dramas familiares, de fiestas, de tristezas, de dolores y también de atrocidades como esta. 

La diferencia es que de muchas casas no sabemos nada, pero de esta lo sabemos todo, desde los escalones sin fin que dan a la calle y que por allí habrá bajado cientos de veces Camila y su madre, Ana Rosa y su hija, y también el taxista.

De Taxco sabíamos de su belleza, de sus calles empedradas, de sus restaurantes, de su hermosa plata, de viajes familiares, de lindos paisajes, pero de un año para acá fuimos cambiando nuestras versiones personales por casos que cada vez sonaban más del crimen organizado y pausamos los viajes y los planes de visita.

Hoy es peor aún porque Taxco ya tiene una historia ruin, tenía a Camila y su gente salió a las calles a hacerle justicia, a gritar su nombre, a voltear y quemar coches, a hacer justicia por la impotencia de ver a la policía no hacer nada ante lo que todos y sabían, a lo que los desconocidos también sabíamos. 

Las calles tienen sangre y aunque no queramos, la casa donde fue secuestrada una niña seguirá de pie, los muros quizá terminen habitados por otros, la madre de Camila se mudará, pero Taxco no lo olvidará.

Y ojalá nosotros tampoco.

“Las niñas NO se tocan”. 

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