Por Laura Garza
Científicamente hay datos suficientes para confirmar que a la hora de ser madre, nuestros hijos y nosotras seguimos unidos aún y con el paso del tiempo.
Más allá de la ciencia, basta con volvernos madres para entender que el lazo es inexplicable e imposible de romper. Que a partir de que reconoces que en tu vientre se forma vida, tu cuerpo comienza a cambiar para volverte una leona y desde ese día, nadie puede meterse con tu hijo o hija.
Las madres que han tenido el sufrimiento más profundo que es no ver regresar a sus hijos a casa y después no saber absolutamente nada de ellos, con el temor a perderlos para siempre, a encontrarlos heridos, o nunca más encontrarlos, aprendieron a convertir ese dolor en la fuerza de las garras de una leona que sale de día y de noche buscando su rastro.
La foto que publica El País tomada por Fernando Carranza de la agencia Cuartoscuro, me trastocó el alma. Justo el día de hoy comentaba a un buen amigo que muchas veces uno puede ver fotos y quizá volver a verlas con el paso del tiempo, pero siempre el ojo cambia y mira diferente.

Foto publicada en El País / Fernando Carranza Cuartoscuro.
Así esta foto de dos mujeres mayores que escarban un pedazo de tierra en un enorme baldío con sus respectivas palas, una tercera que quizá está descansando del esfuerzo por ir abriendo las raíces.
En mi tarea de fotógrafa y periodista, he visto este tipo de fotos anteriormente, pero hoy mis ojos la ven como un rompecabezas de dolor y de fuerza.
En Jalisco las desapariciones van en aumento y la falta de responsabilidad por parte de las autoridades también. Pareciera que el estado en donde crecí, está en manos de entes incapaces de entender el peligro y el dolor para quienes no van en camionetas blindadas.
De acuerdo a los datos publicados por Antonio Ortuño de El País, durante este sexenio van más de 8mil personas desaparecidas en el estado tapatío.
Entonces voy a ver la foto. Dos mujeres con camisetas blancas, sandalias, botas y jeans deciden escarbar allí porque quizá alguien les dijo que era una probable zona para encontrar “algo” o qué se yo.
¿Cómo escuchas a tu instinto en que quizá tu hijo esté allí?
¿Con qué valor agarran la pesada pala para enterrarla con un golpe a la dura tierra que emana esperanza?
¿Cuántas veces hay que pegarle a la tierra para que les devuelva a su hijos?
La mujer que descansa con sus guantes verdes, mira la tierra, las mira a ellas y seguramente ruega porque su hijo ni el de ellas, esté allí.
La mujer atrás, que tiene su cara cubierta con un chal azul, sus manos cruzadas por detrás y su rostro de dolor. Sus cejas inclinadas, su mirada hacia otro lugar, su cuerpo en espera de también escarbar.
Carajo, el dolor se permea.
Tomar una foto así representa también fuerza y discernimiento que quienes están frente a ti, no duermen, viven sin aliento, y lo único que desean es encontrar a sus hijos vivos o muertos, pero encontrarlos y que estar allí en medio de la nada haciendo un agujero, podría significar que entonces en donde tú, como fotógrafo estás parado, también puede haber restos de alguien.
Una madre da a luz, da vida y se hace cargo sin descanso de sus hijos. Ellas no tendrían por qué estar buscando de esta manera, moviéndose en grupos y sin ninguna protección.
No olvidemos a Teresa Magueyal que buscaba a su hijo que desapareció en el 2020 y en mayo de este año la mataron cuando iba en su bici a plenas 12horas del día, en el estado de Guanajuato. También a María Carmela Vázquez buscaba a su hijo que no volvió a casa en el 2022 y a finales del mismo año la asesinaron al abrir la puerta de su casa.
No señor presidente, no señor gobernador, no señor alcalde, no señor fiscal, no señor policía ellas no deberían cargar palas y recorrer todos los baldíos, son USTEDES los que deberían de hacerlo.
Pero es cierto, cuando somos madres, nos volvemos leonas y ellas son el ejemplo claro de ello.
Mi admiración por su lucha, por su honor, por la vida de sus hijos.
